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Chupilca del Diablo: el brebaje asociado a la Guerra del Pacífico

“¡Qué chicas las camas!”, dije la primera vez que visité el Huáscar. “Más cortas que cuello de pingüino”, respondió alguien. Entre risas, un cadete de la Armada se nos acercó y explicó que había dos razones. La principal era que en un barco hay que ahorrar espacio. La otra, que en la Guerra del Pacífico la estatura promedio era menor.

Quizás no crecían porque no comían espinacas, pensé. Pero eso me llevó a una duda más básica: ¿qué comían los soldados en esa época? Ese día el Huáscar no tenía visitas guiadas, así que no tuve con quién resolverlo. El cadete ya no estaba, por lo que solo me quedó imaginar escenarios posibles.

Juzgué de inverosímil que en plena guerra se transportaran vacas para comerlas. Luego recordé un curioso rumor, todavía más insólito: que, entre una batalla y otra, los chilenos bebían la “Chupilca del Diablo”, una pócima mortal hecha en base a pólvora y aguardiente.

Al regresar a Santiago, me dediqué a investigar. Lo bueno es que la Guerra del Pacífico (1879-1884) está muy bien documentada. Ya existía el telégrafo. Y la prensa. El Mercurio de Valparaíso, por ejemplo, dedicó varias crónicas a las batallas. Por lo mismo, encontré valiosa información sobre la alimentación de las tropas.

Descubrí que, en efecto, la Armada chilena sí transportaba vacas en barcos. “Además, con la frecuencia posible, enviaba a los buques bloqueadores ganado en pié, con el forraje necesario para conservarlo durante algun tiempo, i legumbres, segun lo permitía la estacion” (sic), dice el texto “Logística Naval en la Guerra del Pacífico” del capitán de fragata Arturo Wilson Browne, disponible en la Revista Marítima de Chile. En su obra, eso sí, no hay rastros de la “Chupilca del Diablo”.

Seguí buscando y di con el estudio de Claudia Arancibia Floody “La alimentación en la Guerra del Pacífico” de la web de la Academia de Historia Militar. Tras revisar un montón de archivos desde 1880 en adelante, la autora revela cómo “el rancho” o porción de comida de los soldados fue un asunto táctico, catalogado como clave para ganar.

A diferencia del texto anterior, ella sí menciona la “Chupilca del Diablo”. Y dice algo que ya me temía. Que se había hecho popular solo en relatos literarios “y en el imaginario sobre este conflicto”.

Luego, mencionando la obra de Rafael Mellafe “Mitos y verdades de la Guerra del Pacífico” lanza el tiro de gracia. “No pueden haber ingerido pólvora de ese período, porque era excesivamente tóxica y agregarle aguardiente habría dañado el intestino, por lo que seguramente la chupilca consistía en alcohol diluido en agua con harina tostada”.

Era ficción. Siempre lo fue. Aunque eso no elimina la posibilidad de que sirviera para asustar al enemigo. Lo desconozco.

Lo que sí es cierto es que el vino o la malta mezclada con harina tostada sigue siendo un desayuno bastante común en el sur de Chile, incluido Talcahuano -donde está anclado el Huáscar- y por supuesto, en la Región de La Araucanía. En mi calidad de imperialino, lo consumo cada vez que puedo. A veces incluso antes de ir al trabajo. Nunca se sabe qué batallas tendrá que enfrentar uno en la oficina, ni a qué enemigo habrá que atemorizar. 

Salud.