En el paraíso, ¿la comida era dulce o salada? Difícil respuesta. La Biblia nunca dice con exactitud qué había de desayuno, almuerzo u once en el Edén. Dios hizo “todo árbol agradable a la vista y bueno para comer”. No hay nada más. Asegurar que Eva mascó una manzana es un error 404. Página celestialmente no encontrada. Lo que se menciona es un “fruto prohibido” y ya. Nunca se dice cuál es ni qué sabor tenía.
La sal, en cambio, es mencionada muchas veces. Y en una de sus primeras ocasiones aparece asociada a Sodoma y Gomorra. Según la Biblia, al bueno de Lot le piden alejarse de estas ciudades, que se han convertido en el ícono del pecado. Le advierten que allí caerá la furia divina y ni él ni su familia deben mirar atrás. Sin embargo, su esposa -cuyo nombre se desconoce- no aguanta la curiosidad, voltea y en el acto se convierte en una estatua de sal.
Algunas páginas después, el Antiguo Testamento le asigna a la sal un valor fundamental: en el Libro de Levítico, el Creador ordena sazonar con sal todas las ofrendas. Pero contradiciendo todo, en el Libro de los Jueces se dice que sembrar este condimento es una maldición para la tierra.
Cuando a Jesús le faltaban todavía cien años para nacer, la sal aparece de nuevo en la historia de la humanidad, esta vez en Roma. Dada la inexistencia del refrigerador, la civilización usa este ingrediente para preservar carne y pescado. A tal nivel llega la apreciación de este mineral que, incluso, hay transacciones que se pagan en sal. De ahí nace el término “salario”.
Ya para el año 33, el mismísimo Cordero de Dios la utiliza para predicar. “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada?”, parafrasea Mateo en su evangelio. Y aunque esto parece ser un tibio acuerdo de paz entre la Biblia y el cloruro de sodio, Leonardo Da Vinci se empeñará en decirnos lo contrario.
Porque mientras Cristóbal Colón realiza su segundo y tercer viaje a América, entre 1495 y 1498 Leonardo Da Vinci pinta la Última Cena omitiendo cosas: evitó la carne de cordero en la mesa de Jesús a pesar de que es altamente probable que ese haya sido su último menú. A cambio, agrega un detalle: Judas Iscariote, el traidor, aparece botando la sal con el brazo derecho.
Más de 500 años después, la sal sigue siendo controversial. Un par de meses atrás, en el trabajo, una compañera me pidió el salero. Aunque estiró la mano, lo dejé sobre la mesa y mencioné que así era mejor, porque pasarlo directamente daba mala suerte. Me preguntó de dónde venía eso. Le respondí que, en tiempos de los romanos, la sal era tan valiosa que, si se caía, ¿de quién era la culpa? ¿Del que la pasaba o del que la recibía? Como nadie quería responsabilizarse, ahí empezaban las peleas.
Alguien que escuchaba a medias googleó y dijo que el mito no hablaba de riñas, sino que de mala suerte. Que yo estaba cuenteando. Así fue como otra vez, tal como casi todos los días, iniciamos una discusión donde todo argumento era válido. ¡Qué manera de discutir tonteras, pese a que yo siempre tengo la razón! Y de reírnos.
Sin embargo, debo confesar algo. Sin que nadie se diera cuenta, agarré un poco de sal y con mi mano derecha tiré un poco sobre mi hombro izquierdo. No tengo idea para qué. Simplemente sé una cosa: segundos después de eso, cada uno notificó que debía irse para tomar sus respectivas reuniones, menos yo. Fui el último en hablar. “¡Sal de acá!”, dije mirando al salero. “O lo digo de otra manera, esta es la sal de acá”. Nadie me escuchó, pero yo reí. Y, además, todos saben que gané.