La comida y el fútbol están más conectados de lo que parece. Hagamos una prueba: si digo «sánguche de potito», ¿qué lugar se les viene a la cabeza? Ni siquiera es necesario haber ido al estadio para responder. Si son chilenos, asociarán ese sándwich con el fútbol de forma automática; tan automática que, incluso, se les volvió invisible.
Probablemente la sociología ya lo tiene estudiado y quizá ya le asignó un nombre que parte con «la problemática de», «la fenomenática de» u otro concepto que desconozco. Pero ese no es el asunto. Quiero ir a lo práctico: llevan años invisibilizando un patrón cultural simplemente porque lo tienen encima, muy cerca.
El libro “Libertadores de América” del trasandino Alejandro Droznes -disponible en Chile por Gol Triste Ediciones– realiza una maravillo ejercicio de reflexión al respecto, combinando todo con fútbol y con la historia del continente.
Con motivo de las Copas Libertadores y Sudamericana, el autor visita diferentes ciudades y estadios del Cono Sur. Cuando viaja de un país a otro descubre varios patrones culturales que él mismo invisibilizó y que salen a la luz con detallitos como que en Guayaquil la avenida San Martín no incluye el título de libertador o que en Venezuela la avenida El Libertador homenajea a Simón Bolívar y no a San Martín. Gracias a su ágil pluma, los lectores lo acompañamos en esos momentos en que sus verdades chocan con otros relatos que son obvios para todo un país, menos para él.
El autor también se fija en las comidas de estadio. Relata, por ejemplo, que en Yacuiba ofrecen “silpancho, falso conejo, pique macho y salchipapa” afuera de la cancha. Que en Riobamba “pude ver un cerdo despellejado apoyado sobre el mostrador”. El libro está lleno de estas observaciones que son rarezas ante sus ojos, pero que, entre bolivianos, ecuatorianos, venezolanos es lo normal. Como el sánguche de potito para nosotros, o el choripán para un argentino.
En los torneos internacionales ese efecto se debe multiplicar por mil y en este Mundial 2026, por millones. Me arriesgo a creer, de hecho, que esos miles de escoceses que se bebieron toda la cerveza de Boston probablemente la encontraron mala. Que ningún taco igualó a las arepas de los colombianos ni en México ni en Estados Unidos. O que los japoneses se vieron obligados a probar extraños ingredientes en su tradicional sushi, si es que lo probaron en Dallas o Houston.
Lo bueno es que, cuando esos hinchas vuelvan a sus países, recuperarán la posibilidad de degustar, otra vez, lo que es realmente típico en el entorno de sus propios estadios. Eso que en sus tierras era tan, pero tan obvio, que se les volvió invisible. Eso que apareció solo cuando no lo pudieron encontrar mientras fueron hinchas de este Mundial.
Por eso le encuentro sentido -y también me da risa- ese meme que se viralizó hace cuatro años, al finalizar Qatar 2022. Lionel Messi está levantando la Copa del Mundo y, al lado, se le ve frente a un plato de milanesas. Lo gracioso está que en ambas fotos tiene la misma expresión de felicidad: calcada. Es chistoso porque probablemente fue verdad. Porque reencontrarse con tu plato favorito, preparado con ingredientes que tú ya conoces, justo como te gusta, es para sentirse como un verdadero campeón mundial.
