Esto me pasó años atrás. Caminando por Providencia, a lo lejos, vi a alguien que hasta hoy me cae pésimo. Crucé la calle para evitarla, pero en la otra vereda me topé con una chica con la que tuve algo; no mucho, pero algo. Venía de la mano con su novio: un doble de Thor. Yo parecía un estropajo. Nos saludamos, conversamos y me reí con falsedad. Por dentro me quería morir. Tras el adiós me quedé con un profundo sabor amargo en la boca.
En un capítulo del Profesor Rossa aprendí que, en la prehistoria, los sabores amargos funcionaban como una alerta. Las papilas gustativas evolucionaron para rechazar estos sabores, precisamente porque la amargura estaba asociada a alimentos venenosos o tóxicos.
Sin embargo, conforme evolucionó, el ser humano experimentó por cuenta propia con estos sabores y pronto llegamos a fomentar gustos adquiridos, incluyendo a nuestro menú productos que eran naturalmente amargos. Los limones, el pomelo, la cerveza, el café, entre otros, son solo una muestra. Y ojo con esto, pues también añadimos sabores con propiedades adictivas.
El asunto es que los gustos adquiridos, sobre todo los amargos, nos obligan a engañar a nuestras papilas gustativas, resignificando nuestras experiencias. ¿Es malo? No. Tras milenios de evolución, que esta costumbre se mantenga es un indicador de que las amarguras son necesarias para vivir.
En un plano elemental, conocer lo agraz es completamente necesario para distinguirlo de sensaciones dulces, saladas, inocuas y otras. En una arista más humanista, las amarguras son convenientes tanto para aprender a reaccionar a estos estímulos como para lidiar con ellos. Y lo mismo ocurre con las experiencias con características tóxicas o adictivas.
Ahora bien, el cerebro no puede desprenderse tan rápido de sus funciones primitivas. Por eso, ante situaciones incómodas como encontrarse con un fracaso amoroso del pasado, este órgano activa respuestas: seca la boca, altera la composición de la saliva y envía señales para que las papilas gustativas perciban efectivamente un sabor amargo en la boca. Es decir, el cuerpo levanta una alerta.
Pese a eso, creo conveniente enseñarle a nuestro cerebro que estas experiencias son necesarias para la vida. Tal como ocurre con los gustos adquiridos amargos, también debemos saborear lo desagradable que es fracasar, equivocarse, caer en la friend zone. Hasta ver un partido de fútbol que termina con un injusto resultado es parte de nuestro crecimiento, pues todo esto servirá para distinguir lo dulce de lo cruel.
No obstante, así como hemos entrenado a nuestro paladar para acostumbrarse a productos como el caviar o los limones de pica sin excederse, debemos también aprender a no atraparnos con esas experiencias amargas. Si ya tenemos café o cerveza en nuestras vidas, ¿queremos seguir sumando más amarguras a nuestras vidas? Quizás lo mejor sea poner mucha más atención a lo que dictan nuestro cerebro y nuestras papilas gustativas, que están ahí para mejorar nuestra evolución.