portada frederich ii

Federico II, El Grande: el Kaiser que promovió las papas en Alemania

Un buen amigo me dijo una vez que un chileno promedio necesita tres cosas para aprender alemán: disciplina, amor por la gramática y nacer de nuevo, pero en Alemania. “Ese idioma no se habla, se escupe”, remató entre risas. Y justo me acordé de eso paseando por Potsdam, a las afueras de Berlín.

Había tomado un tour. Estaba en el Palacio de Sanssouci cuando el guía nos contó sobre la vida de Federico II de Prusia. Dijo que, a pesar de llevar la corona, despreciaba el alemán. “Es el idioma de los caballos”, solía decir el Kaiser, pensando casi como mi amigo. La diferencia estaba en que Federico II era un monarca. Y, a pesar de burlarse de su propia lengua, amaba a su país, tanto así que lo salvó de la hambruna gracias a las papas.

En Berlín y Potsdam hay buenos suelos para este tubérculo, lo que se combina con un clima de seis meses de invierno y seis meses sin verano. Es parecido a mi natal Nueva Imperial, aunque allá sí vemos el sol. También es similar a Carahue, pueblo vecino asociado indiscutidamente al cultivo de tubérculos. La diferencia está en que, en la Prusia del 1700, las papas se veían como comida para animales y no para el consumo humano.  

El guía nos contó que, para cambiar eso, Federico II lanzó uno de los planes de marketing más fantásticos de la historia de la comida. Su chef quedaba obligado a cocinar con papas algunos días a la semana, pero en secreto y con el mínimo personal. Al terminar, debía sellar el plato con una bandeja y cruzar el castillo de un extremo a otro para dejarlo todo en una mesa, donde solo el Kaiser podía ver y consumir lo que allí había.

No bastaba con eso. Federico II también dispuso que sus mejores guardias protegieran la zona de cultivo personal del Kaiser. Nadie podía entrar sin permiso. Los soldados ni siquiera tenían autorización para saber qué se sembraba ahí.

Sin embargo, un día el Kaiser simuló una urgencia, que lo obligaba a salir. Era mentira, pero estaba todo calculado. Porque sabía que estando lejos, el chef tardaría nada en revelar su secreto menú. Y sabía que el pueblo, al encontrar la zona de cultivo sin protección, haría lo obvio: entrar de noche, curiosear y robar todo lo que allí hubiese. Ambas cosas llevarían a las personas al punto exacto que Federico II siempre quiso: fomentar el consumo de papas.

El relato me pareció genial. Terminado el tour busqué más info en internet. Encontré muy poco. Solo unos cuantos artículos de prensa de España, país de procedencia del guía. Nada concluyente. Es que la verdadera historia parece ser menos épica.

Marina Heilmeyer, curadora del Museo de Historia de Brandeburgo, lo desliza. En un artículo para la Deutsche Welle, echa por tierra eso de un chef cocinando en secreto: es probable que Federico II nunca haya comido papas. Como buen alemán de la época, las consideraba un alimento para las clases bajas. Eso sí, Heilmeyer destaca que nadie las promovió tanto como él. ¿Una prueba? El “edicto de la papa”, decreto de 1756 que obligó a toda Prusia a cultivarlas para el consumo humano.

Como sea, me quedé un buen rato junto a la tumba de Federico II. Varias personas dejaron papas sobre su lápida, en el Palacio de Sanssouci. Y si bien los guías dicen que eso es una antigua costumbre alemana para agradecer al Kaiser, yo solo vi a turistas haciéndolo, incluyéndome.

Al final del paseo me fui a almorzar. Mi homenaje fue pedir algo con papas. No había otra opción: hoy casi todo el menú tradicional alemán las incluye. En todas sus cartas aparece “kartoffel”, palabra que, seamos honestos, no se escupe. Por el contrario, es fácil de pronunciar y, además, designa a un producto muy sabroso y versátil para consumir. Un alimento con mucha nobleza. Y sin duda alguna, también digna de la mesa de un rey. 

Guten Appetit!

foto interna lápida de federico ii