En la última década, la forma en que descubrimos dónde comer cambió radicalmente. Antes, un restaurante ganaba prestigio cuando un crítico o cronista gastronómico publicaba una reseña en un diario o revista especializada. Hoy, en cambio, basta un video de 30 segundos en redes sociales para que un local pase del anonimato a tener fila en la vereda. La pregunta inevitable es: ¿quién tiene más peso real en la decisión del comensal moderno, el influencer o el cronista?
El influencer gastronómico se mueve en el terreno de la inmediatez. Su fortaleza es la velocidad y la cercanía: habla como un amigo que recomienda un dato, no como una autoridad distante. Su lenguaje es simple, directo, emocional. Importa la reacción instantánea: “está increíble”, “imperdible”, “tienen que venir”. La imagen —platos rebosantes de queso fundido, tragos brillantes, primeros planos de hamburguesas— es su principal argumento. No busca necesariamente profundidad, sino impacto. Y lo logra: llena locales, instala tendencias y convierte productos comunes en fenómenos virales.
El cronista gastronómico, en cambio, trabaja desde otro lugar. Su foco no es solo el plato, sino el contexto: la historia del restaurante, la propuesta culinaria, la coherencia del menú, la técnica, el servicio, el ambiente. Su herramienta principal no es el algoritmo, sino la narrativa. Mientras el influencer recomienda, el cronista interpreta. No solo dice si algo es rico o no, sino por qué lo es, qué tradición hay detrás, qué intención tiene el chef, qué experiencia global ofrece el lugar.
Su valor está en la profundidad y en la memoria: construye archivo cultural. El conflicto surge cuando se asume que uno invalida al otro. No es así. Son roles distintos que responden a audiencias distintas, aunque a veces se superpongan. El influencer democratiza el acceso a la recomendación gastronómica: cualquiera puede descubrir una picada escondida gracias a un reel. El cronista, en tanto, preserva la dimensión cultural de la cocina, evitando que todo se reduzca a likes y ángulos fotogénicos. También existen zonas grises. Hay influencers que investigan y desarrollan mirada crítica, así como cronistas que entendieron el lenguaje digital y lograron comunicar con frescura sin perder rigor. El problema no es la plataforma, sino la intención. Cuando la recomendación se vuelve publicidad encubierta sin transparencia, pierde credibilidad. Cuando la crítica se vuelve elitista y desconectada del público real, pierde relevancia.
En el fondo, no se trata de elegir un bando, sino de entender qué buscamos como comensales y lectores. Si queremos un dato rápido para decidir dónde ir esta noche, probablemente un influencer cumpla mejor esa función. Si buscamos comprender la identidad gastronómica de un lugar, su historia y su propuesta con mayor profundidad, el cronista sigue siendo insustituible.
La gastronomía no es solo consumo: es cultura, memoria y relato. Y en ese territorio amplio, hay espacio tanto para quien enciende el deseo inmediato como para quien escribe la historia que quedará cuando el algoritmo ya haya pasado de moda.
Álvaro Bustos
Director Vida Gourmet