La crítica gastronómica nació para observar, analizar y aportar. Para poner en palabras aquello que ocurre sobre un plato o una propuesta y así ayudar a construir una cultura del paladar más informada. Pero, de un tiempo a esta parte, pareciera que en ciertos círculos la discusión dejó de estar únicamente en la mesa.
Hoy también importa quién llegó primero, quién fue invitado, quién tiene más seguidores, quién consiguió la entrevista, quién apareció en la fotografía y, sobre todo, quién consiguió que los demás lo consideraran una autoridad.
Y ahí comienza una guerra bastante particular, donde nadie declara la batalla, al contrario, todos sonríen, se saludan, comparten fotografías y parecen celebrar el éxito ajeno.
Las redes sociales, como era de esperarse, hicieron lo suyo y transformaron la influencia en números, convirtiendo la gastronomía en un escenario donde no basta sólo con saber, sino que también hay que ser visto.
El problema aparece cuando el personaje comienza a pesar más que el criterio o el punto de vista. Porque una cosa es querer destacar y otra muy distinta es necesitar que los demás desaparezcan para poder hacerlo.
La crítica gastronómica no debería ser una carrera por el podio ni mucho menos una competencia de egos disfrazada de rigurosidad. Su valor debería estar en la mirada, en el conocimiento, en la capacidad de cuestionar y, porqué no, también de reconocer.
Pero cuando el cronista termina hablando más de sí mismo que de aquello que observa, algo se desvirtúa.
Quizás la pregunta que debemos hacernos es: ¿estamos construyendo crítica gastronómica o simplemente una nueva generación de personajes gourmet?
Mientras cocineros, productores y emprendedores luchan todos los días por mantener sus proyectos a flote, resulta bastante curioso que quienes deberían ayudar a poner el foco sobre ese esfuerzo terminen, muchas veces, compitiendo por ocupar el centro de la fotografía.
Es importante recordar que, en gastronomía -así como en el periodismo-, la verdadera autoridad no necesita convertirse en espectáculo. El crítico puede tener voz, opinión y personalidad, pero su protagonismo nunca debería ser mayor que aquello que está llamado a observar, comprender y juzgar.
Su verdadera relevancia no debería medirse por cuánto espacio ocupa él mismo, sino por la capacidad de mirar, comprender y poner en valor aquello que ocurre sobre la mesa. Cuando el comentarista termina siendo más importante que aquello que critica, ésta pierde su real sentido. Y quizá ahí es donde radique la esencia del crítico gastronómico: el protagonista nunca debió ser quien escribe sobre el plato, sino que es el plato el que merece ser contado.