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Ni belgas ni francesas: las papas fritas son chilenas y de origen mapuche

En Latinoamérica hay un fenómeno muy curioso: sus pueblos originarios y las transnacionales de comida rápida, al parecer, son enemigos naturales. Como los perros y los carteros. Como los globos y los cactus. O como las palomas y los autos recién lavados. En fin.

En Bolivia se dio un caso muy famoso: el McDonald’s nunca pudo consolidarse. Para 2001 cerca del 62% del país se autoidentificaba con ascendencia aborigen. En ese contexto, la clásica hamburguesa del cuarto de libra con queso jamás llegó a ser, siquiera, una opción para el boliviano promedio, acostumbrado a las preparaciones tradicionales y locales. No hubo campaña de marketing que lo diera vuelta. En 2002 la empresa simplemente abandonó el país.

Acá se produce una curiosa contradicción. Uno de los productos icónicos de la comida rápida son las papas fritas. Sin embargo, es muy probable que estas hayan sido inventadas precisamente por aborígenes latinoamericanos: el pueblo mapuche.

Cuando dije esto a mis compañeros, las risas brotaron de inmediato. Con la confianza que da la camaradería, me trataron de “chanta” y “cuentero”, porque a veces -seré honesto- sí lo soy. El asunto es que en esta ocasión decía la verdad. Y fue mi querida Fernanda quien me lanzó el salvavidas. – Jaime, ¿qué vas a inventar ahora? ¿Cuáles son tus fuentes?

Les mencioné que todo parte de una investigación chilena que descubrió algo en un antiguo libro español. En esas páginas se relata un intercambio de rehenes, mencionando que el pueblo mapuche celebra el acuerdo con una comilona que incluía papas fritas. No recordaba el nombre de la obra, hasta que JP -con una licenciatura en historia en su CV- me lo sopló: “Cautiverio Feliz”. El libro es una larga crónica en la que Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán narra su estancia como rehén en La Araucanía durante 1629. Ese año es crucial.

Ocurre que el mundo, hasta hace poco, atribuía la invención de las papas fritas a Bélgica, país al que se le congeló el río Mosa en 1680. Como era imposible pescar, las familias reemplazaron los peces con papas, preparándolas en aceite caliente. Sin embargo, de ser así, este suceso sería posterior al cautiverio del Francisco Núñez. Es decir, el pueblo mapuche ya consumía papas fritas antes que eso.

“Desde que nos asentamos a la mesa fueron tantas las ollas que ocurrieron con diferentes guisados, que sobró qué comer para los pobres soldados que nos estaban sirviendo con su asistencia, porque las mujeres casadas del presidio y sus maridos, cuál envió la sopa tostada con muchos huevos fritos por encima, cuál el guisado de pescado seco, y otros el marisco de choros secos, machas, ostiones y otros géneros; unas enviaban las papas fritas y guisadas, otras los porotos y garbanzos…” (sic), relata Francisco Núñez en la página 508 de sus crónicas ocurridas cincuenta años antes que el río belga se congelara.

El descubrimiento se gestó en la Municipalidad de Nacimiento. Me gustaría apoyarlo con más fuerza, pero en mi caso ocurre algo particular: pertenezco al 0,000001% de la población mundial que no se vuelve loco con las papas fritas. ¿Las como? Sí. ¿Las anhelo? No. Creo que nunca incorporé ningún gusto especial por la comida chatarra. No sabría cómo explicarlo. Sin embargo, sí puedo decir que en Nueva Imperial no hay McDonald’s, ni Doggis, ni Dominó o similar. En pleno 2026, no existen. Y otro dato: en mi comuna natal la población aborigen alcanza el 58% de los habitantes, según el Censo de 2024. Factos, como dicen los lolos. Factos.

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