«Podemos comer un completo italiano, un Barros Luco y está súper rico, pero cuando tú ves a alguien en la calle comer un sánguche de potito, el tipo está fascinado… la pasión que le ponen en cada mordisco, no lo logra ninguna otra preparación”. Eso observó durante años Francisco Figueroa, chef de Pinganilla, una sanguchería ubicada en calle Maturana 567, Barrio Brasil y que lleva casi dos años administrando junto a su esposa, Bárbara Contreras, con el fin de dignificar la cocina chilena tradicional y sacar el emblemático “potito” de la calle, para llevarlo a la mesa y ofrecerlo a nuevos comensales.
Y tal parece que lo han logrado. Más del 60% de la clientela busca esta preparación típica de estadios y eventos masivos, pero que gracias a la prolija mano de Figueroa, llega en otro formato al acogedor local, con una generosa porción de relleno que obliga a comerse el sánguche con cubiertos y que acompañada de abundante mayonesa casera y la tradicional longaniza, nos evocan el sabor callejero, utilizando solamente el tradicional potito, a diferencia de algunos carros de la calle, que se valen de otros cortes para aumentar la preparación.
El sánguche trae a su lado una fuentecita de pebre para poner a gusto y sentir la experiencia aún más real, además de una pequeña tacita de consomé. A petición del comensal hay disponible salsa verde y otros aderezos. Eso sí -y ya hilando muy fino- el corte del potito podría ser más delgado para una experiencia más urbana.
Como entrante, compartir una pichanga es una buena opción. En la Sanguchería Pinganilla, ésta contiene únicamente arrollado huaso, queso chanco artesanal, pickles, aceitunas y un crujiente ají oro como sello final. El aliño de merkén, sal, pimienta y jugo de limón, intensifica cada sabor y deja el paladar listo para lo que seguirá. ¿Para beber? Un buen schop de cerveza artesanal (ámbar o rubia) será el encargado para maridar. También hay disponibles bebidas, jugos y agua mineral.
Pero no todo gira al popular corte. También está el Sandokán, una marraqueta en cuyo interior encontramos lengua sellada al hierro -suave y reconfortante- acompañada de peperonatta, salsa de la casa, mayonesa casera y jalapeños, que le dan el toque crujiente y picante al mismo tiempo, una tacita de consomé y un canastito de papas fritas. También destaca el pernil acompañado de queso fundido, tomate, mayonesa y cebolla morada caramelizada, un interesante contrapunto a la carne de cerdo, que más chefs se deberían animar a preparar.
Con una propuesta bien pensada, porciones generosas cargadas de enjundia y un compromiso inquebrantable por el producto original, este local atendido por sus propios dueños, hace frente a los prejuicios entorno a algunos de los sabores fundamentales de la cocina chilena, y comienza a perfilarse como una de las catedrales del sándwich nacional. Así que ya lo sabe, tome nota y atrévase a experimentar de una buena marraqueta de potito, lengua, pernil o mechada en el popular Barrio Brasil.